Anualmente las universidades mexicanas, tanto públicas como privadas, detentan una muy importante población tanto de estudiantes como de egresados de la carrera de Derecho. Sin duda, los estudios jurídicos se han convertido a nivel nacional e internacional —gracias a la necesidad global de pensar el Derecho desde una vertiente compleja— en uno de los mercados más saturados entre las distintas profesiones, lo que ha provocado una saturación de licenciados en Derecho a nivel nacional.
A sabiendas de lo anterior, nuestros alumnos de la carrera de Derecho en La Salle, principalmente aquellos de los primeros semestres, han llegado a preguntar: ¿vale la pena continuar con estudios de posgrado? Esta situación nos inclina a decir que no sólo vale la pena, sino que es absolutamente necesario, ya que esta saturación únicamente ha tenido impacto en el ámbito de los estudios de licenciatura, pero ha abierto la posibilidad para que los estudiantes de doctorado no sólo se formen bajo una élite intelectual sino que se conviertan en los sujetos capaces de pensar en horizontes de tematización para afrontar los problemas difíciles del presente. Estos estudios requieren acceder a las profundidades de la ontología y de la fenomenología de la justicia, de los imperativos categóricos y morales, etcétera, compaginados con el interés en el desarrollo que solamente los tribunales pueden dar. Un abogado que no se ha familiarizado con los procesos y con los juicios es como un médico sin pacientes, o bien como un ingeniero sin proyectos ni obras. Así, como lo expresó Eduardo J. Couture, el abogado sin estudios cotidianos cada día es menos abogado. Por eso se requieren profesionales del Derecho más preparados para enfrentar los nuevos retos y las nuevas realidades sociales y que no formen parte de una larga lista de egresados de las universidades desempleados.
Es un error pensar que los estudios de posgrado per se nos va a garantizar un trabajo o un sueldo tal como el que estamos buscando o requerimos, pero sí nos garantizará que el ejercicio intelectual constante nos ayude a abrir un cúmulo de posibilidades para resolver problemas de distinta índole y magnitud; asimismo, los estudios de posgrado nos brindan las herramientas necesarias para construir nuestro porvenir. Ya lo decía el poeta Amado Nervo: nos convertimos en los arquitectos de nuestro propio destino. Y simplemente a través del estudio y el trabajo descubrimos los distintos caminos para la solución de problemas que quizás antes no hubiésemos considerado.
Pero ya no preguntemos para qué sirve hacer un doctorado, sino en qué nos queremos comprometer para cambiar un mundo que exige personas capaces de asumir la más alta responsabilidad en medio de una situación social. El doctorado debe darnos las herramientas metodológicas y argumentativas que no necesariamente se desarrollan con los estudios de licenciatura, especialidad o maestría. El doctorado exige investigar para crear, y aportar algo nuevo; y aquel que aporta algo nuevo emprende, innova, imagina, construye, edifica. Un verdadero doctor debe arreglar problemas de impacto social; debe decidir cuando el Derecho nomológico encuentra sus límites en la moral y en la dignidad humana, es decir, debe estar listo para salir en ayuda de la vida más allá del poder de las instituciones. El doctor llega a ver cosas que los demás no ven y a encontrar soluciones que los demás no encuentran.
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