Ricardo Guzmán WolfferEdiciones B, México, 2017
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Un concepto recorre cada rincón de este libro: la sangre. Escrito por el juez federal Ricardo Guzmán Wolffer, el presente texto no es una revisión histórica sobre el nacimiento de la lucha libre y su devenir, sino un ejercicio para evidenciar el rol más amplio que tiene este fenómeno tan singular. Nos encontramos ante un replanteamiento sobre el significado social de la lucha libre.
El texto está compuesto por diversos artículos que disertan sobre el deporte enmascarado. Hay un aparente carácter inconexo entre los capítulos de la obra, pues aborda temas tan dispares como la reactualización de los rituales prehispánicos a través de la lucha, la catarsis que produce la violencia premeditada o los distintos perfiles psicológicos que disfrutan de este espectáculo. No obstante, el flujo escarlata le brinda una articulación coherente a la obra.
La búsqueda de la sangre, según el juez Wolffer, puede rastrearse en el imaginario mexicano hasta los rituales prehispánicos. Para él, la lucha libre alude fuertemente a estas antiguas prácticas, al grado de que asegura que existe una semejanza entre el rostro del antiguo dios azteca Xipe Tótec y las máscaras de la lucha libre.
La sangre le da un aura mística al espectáculo. En palabras del autor “el plasma torna a la indefinición al esteta [al luchador] que ofrenda la individualidad para saciar al espectador en su ánimo de presenciar no sólo la contienda, sino cómo a partir de cubrirse el rostro de rojo se omiten los rasgos propios”. El líquido vital deforma la imagen de los luchadores e imprime en el espectador la sensación de estar en presencia de una realidad que va más allá de lo cotidiano.
Sin embargo, la lucha libre no se agota en experiencias místicas. Al igual que la tragedia griega o la industria cultural, el espectáculo enmascarado es desahogo: catarsis. Más aún, asegura el juez Wolffer: “Mientras la lucha libre sirva como conducto para liberar la neurosis individual y el inconformismo de los asistentes, su exigencia está asegurada”.
Parte de la obra tiene como propósito legitimar el derramamiento de sangre en el espectáculo, ya que sin él se pierde gran parte del sentido de este deporte. En la entrevista a Marcela Paloma López (médica legista y practicante de necropsias), en el capítulo “La sangre y la evolución”, se hace evidente que la sangre no implica necesariamente lesiones graves, mientras que hay traumatismos mortales en los que no se derrama ni una gota del líquido vital. Por ello, la prohibición del flujo de sangre por razones de seguridad es absurda.
De igual manera, en la entrevista a Diego Medina Lomelí (psicólogo clínico) se analizan las posibles implicaciones de que un niño observe a una persona sangrar. Sin entrar en mayores detalles, se concluye que la reacción del infante dependerá de su historia personal. Por lo cual pensar en una prohibición fundamentada en las repercusiones mentales también carece de sentido.
El presente texto nos invita a repensar la lucha libre como un fenómeno social que evoca la rememoración de nuestra infancia histórica, donde no sólo es importante la presencia de la sangre, sino que es necesaria para dotar de sentido al espectáculo enmascarado.