Juan Rivero LegarretaMimbre Editorial, México, 2016
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"La acusación produce un intenso impacto —escribió en alguna ocasión el abogado Juan Rivero Legarreta—. Posee por sí misma una gran fuerza de convicción, en contraste con la negativa, con la protesta de inocencia, que siempre se recibe con escepticismo. Basta que caiga sobre el sujeto la sombra de la sospecha para que sea dado ad bestias, como decía la doctrina antigua; queda condenado de antemano. Los principios que consagran lo contrario sólo representan una buena intención, un generoso propósito, y están contradichos por la realidad. Así lo prueba el hecho —una de las incongruencias de la ley penal— de que al acusado (a quien debe presumirse inocente en tanto no se demuestre lo contrario y se le dicte condena) se le castiga para saber si se le debe castigar, se le encarcela, se le aflige y se le humilla durante el proceso que se sigue para conocer si es inocente o es culpable y merece sanción. Para superar ese efecto de convencimiento que tiene la simple formulación del cargo es preciso que el imputado cuente con un defensor que entregue toda su energía, su pasión y su capacidad al cumplimiento de su papel en el proceso. Por todas estas razones, la tarea del defensor es del mas alto interés público; indispensable para que opere el mecanismo del proceso penal".
Motivado por esta convicción el autor nos ofrece esta obra —que sin duda se convertirá en referencia obligada para los abogados y los estudiantes de Derecho— en la que narra anécdotas, plasma la experiencia que ha vivido deambulando por los tribunales a lo largo de sus años de ejercicio profesional, y retrata la sociedad y el sistema de justicia que le ha tocado vivir en nuestro país.