Muchas gracias por este reconocimiento que recibo con mucho entusiasmo. Adicionalmente, es un honor recibirlo al lado de dos distinguidas personalidades y amigos: José Ramón Cossío y Miguel Carbonell.
Quiero aprovechar este espacio y este reconocimiento para hablar sobre mi trabajo como defensora de los derechos humanos de las mujeres, pero también sobre mi historia personal. Porque durante muchos años yo fui una niña y una adolescente que estuvo protegida del mundo real. Daba por sentado el privilegio que tenía. Fue hasta años después que este México lleno de injusticias, de desigualdades, de pobreza y de mucha discriminación se develó ante mí.
Ahí encontré, en la defensa de los derechos humanos, el cauce a mi toma de conciencia sobre la lacerante realidad de nuestro país. Esta toma de conciencia coincidió prácticamente con mi elección de estudiar Derecho. Una decisión que llegó a mi vida básicamente por casualidad. De la casualidad al conocimiento instrumental del Derecho. De las aulas de Santa Fe y Washington a la defensa de las mujeres.
¡Tanto que ha avanzado de manera veloz la humanidad! Enhorabuena. Tan lento que han sido (y están siendo) los cambios sociales, políticos, culturales y económicos que impiden una verdadera igualdad entre hombres y mujeres... ¿Por qué nos costará tanto trabajo cambiar para que todas y todos estemos mejor?
A pesar de las condiciones tan adversas en las que vivimos, las mujeres tenemos el derecho a escoger en qué espacios y roles de la sociedad queremos desarrollarnos. Ese derecho, todavía ahora, hay quienes lo ponen en entredicho, o bien obstaculizan algo que ya debería ser natural en nuestra sociedad cuasi democrática.
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