Tierra Caliente, Guerrero: sones y gustos

Tierra Caliente, Guerrero: sones y gustos

Elisur Arteaga Nava, Laura Trigueros

Gaisman y Sergio Charbel Olvera Rangel (comps.)

Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2014

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Este libro sobrecoge. Sobre todo si se ve más allá del rico material musical que rescata; si se aquilata en su contexto humano, como invita a hacerlo mi maestro Elisur Arteaga en su estudio introductorio.

En esta perspectiva lo percibo como resultado tangible de los trabajos y los días consagrados a salvar del olvido lo más entrañable, sea música, vivencia o frutos de la convivencia; a dejarlo quieto y atado a nosotros, al menos durante nuestra vida, como las grandes piedras resisten inmutables la arrasadora corriente de sus ríos. A tiempo amar y amar más y no desatarse.

Es patentizar, como remedio contra el olvido; una breve refutación del destino efímero de lo amado. Bien dicho, como lo hace el Amor consentido de lsaías Salmerón (del cual informó Filiberto Salmerón Apolinar), presentado en esta obra:

Que quieres a comparar,

un charco con una fuente,

el charco se secará

y nuestro amor queda pendiente.

¿Cómo preservar la tradición viva y vulnerable de nuestra música? ¿Cómo atrapar en pentagramas las improvisaciones y las obras sin autor ni reposo? ¿Cómo salvar el trabajo de Laura Trigueros y Elisur Arteaga de ocho años de rescate en Tierra Caliente y toda una vida de cultivar, preservar y adorar la música? ¿Cómo retener —de la manera que sea— a Laura entre nosotros? Más bien, ¿cómo no hacer todo lo anterior?

Me sumo a tal afán, con el único merecimiento de compartir la estrujante perplejidad de esa pregunta: ¿cómo no hacer todo lo anterior?

Necesitamos aferrarnos a los nuestros y a lo nuestro. Reconocernos. Aprender. Dolernos. Florecer en ellos.

En esta obra estamos en el mundo de lo indecible. En primer lugar la música, que sin significar nada ("lo universal sin concepto", decía Hegel) encierra las voces más genuinas de la existencia y la mejor respuesta al misterio de ser. ¿Es acaso esto lo único verdadero sobre la tierra? Así se expresaron estas tierras antes de su colonización europea:

Flores con ansia mi corazón desea,

sufro con el canto, y sólo ensayo cantos en la tierra,

yo Cuacuauhtzin:

¡quiero flores que duren en mis manos... !

¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?

Jamás los produce aquí la primavera:

yo sólo me atormento, yo Cuacuauhtzin.

¿Podréis gozar acaso, podrán tener placer nuestros amigos?

¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?1

Allí oigo su palabra, ciertamente de él,

al dador de la vida responde el pájaro cascabel:

anda cantando, ofrece flores...

¿Allá se satisface tal vez el dador de la vida?

¿Es esto lo único verdadero sobre la tierra?2

Particularmente, se trata de la inefable música mexicana, aquí los sones y los gustos de Tierra Caliente, que se presenta como ese instante maravilloso en que confluyen sincretismos culturales centenarios y, sobre todo, caben en sus breves formatos y en su fugacidad las emociones: el amor, el duelo, la rabia, el dolor de la pobreza y la opresión, el humor, el ingenio, la belleza: toda la belleza.

Dice Guadalupe Tavira:

Tierra Caliente nos da

ese ritmo sin igual.

¡Que viva Tierra Caliente

y sus modos de gozar!3

En esta obra profundamente colectiva de Laura Trigueros, Elisur Arteaga, Sergio Charbel Olvera Rangel y muchos otros (vivos o muertos), está salvada la música tradicional como se puede: escrita en partituras, letras y acordes, indicios del milagro que sólo es completo estando allá, en Tierra Caliente; participando de la fiesta que canta, se carcajea, grita, sufre y sangra (los autores regalan algunas grabaciones en la página http://sonesygustosdetierracaliente.blogspot.mx/). También la Sinfonía guerrerense, del maestro Ignacio Medrano, guarda la rica tradición popular en el romántico rigor de la expresión sinfónica.

Insisto, con este libro estamos en el mundo de lo indecible; no lo es sólo la música; también la amistad, la que es definitoria de las vidas, como la que nos une a Laura y germina en cada página. Como la amistad vivida por Laura y Elisur, ésa siempre devota al conocimiento del mundo y su gente; al conocimiento y a la asimilación existencial de las culturas (Grecia y México, especialmente).

No podía ser de otra forma, por ser Elisur Arteaga y Laura Trigueros dos personas verdaderamente extraordinarias, como lo evidencia este libro.

Laura Trigueros: la más brillante jurista de la Escuela Libre de Derecho, internacionalista de talla mundial, profesora estricta y magistral, pianista exquisita, políglota, helenista y etnomusicóloga; incansable en sus búsquedas vivenciales y culturales. Recordarla conmueve y evoca siempre —como siempre era— esa hermosa sonrisa azul de ojos buenos e inteligentes.

Elisur Arteaga: nuestro constitucionalista insuperado, incansable y penetrante; provocador y revelador de los resortes del poder y de su expresión normativa. Maestro de la generosidad, el entusiasmo, la alegría. Cálido, como de Tierra Caliente. Helenista también, y —como ya vemos que no deja que lo bueno se silencie— el mejor representante de Maquiavelo cuando se trata de entender la simbiosis de procesos políticos y funciones deónticas. Vive intensamente y, también, impidiendo el olvido. Sabe, como Kundera, que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

Para hacer realidad este libro, al trabajo de ellos se sumó el talento, el compromiso y el trabajo de Sergio Charbel Olvera Rangel (otro ilustre jurista sensible y culto), quien ayudó a la compilación y tradujo a papel pautado la música que Laura no llegó a transcribir.

Asimismo, pertenece al mundo de lo inefable —donde esta obra habita— la admiración que los autores profesan a los músicos y a los informantes incluidos, a quienes también esta obra, a un mismo tiempo, rinde homenaje y se debe.

Abrazo esta obra como queriendo retenerlo todo, por la dicha de ser parte de su trenzado, aunque ínfima y póstuma. La abrazo como gesto de gratitud por una vida con música; por una vida en que mis maestros de Derecho: Laura y Elisur, son esos hermanos mayores y adorados que sin el propósito de hacerlo me han enseñado a vivir amando, trabajando, disfrutando; a atesorar lo que no debe extinguirse ni en la brevedad de este mundo.

 


 

1 Ángel María Garibay K., "Historia de la literatura náhuatl", fol. 26, r; AP I, 26, en Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, UNAM, México, 1979, p. 144.

2 Ms. Cantares mexicanos, fol. 9, v; AP I, 25, en Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, UNAM, México, 1979, p. 147.

3 Versos de Tierra Caliente, gusto rescatado en esta obra.