De acuerdo con el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, 10.1 por ciento de la población de nuestro país corresponde a 78 naciones indígenas. Los autores nos ofrecen una visión panorámica de lo que se entiende por Derecho desde esa cosmovisión.
El conocimiento de lo indígena es escaso y probablemente de ello han derivado problemas pasados y presentes que podrían continuar en el futuro. No obstante que se trata de un mundo que pobló/dominó este continente —bautizado desde hace medio milenio por los europeos como América—, desde sus primeros asentamientos hace 28,000 años hasta la irrupción occidental iniciada el 12 de octubre de 1492,1 los instrumentos históricos que dan cuenta de los primeros pasos de las civilizaciones originales de esta región son reducidos.
Lo anterior, quizá porque deben sortearse fronteras a veces infranqueables, como su propia ausencia —ya sea por ser desconocidos, por tener una cosmovisión que no se ocupaba del testimonio escrito o por la pérdida de sus fuentes sufrida a raíz de la violenta transculturación—. A eso hay que sumar la incomprensión y la carencia de métodos que hayan resultado eficaces para su comprensión más fidedigna.
No obstante, la huella histórica de los pueblos indígenas es indeleble en nuestras poblaciones.2 Además, se mantiene en forma indirecta, pero permanente, a través de la tradición de los pueblos originales y las fuentes sobrevivientes, contemporáneas o posteriores a la conquista sobre lo indígena.
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