Sin lugar a dudas fue un gran avance dentro del sistema jurídico mexicano, especialmente por eliminar los obstáculos —psicológicos (por creer los connacionales que estaban traicionando a México al adquirir una segunda nacionalidad) y legales (por perder la nacionalidad mexicana en caso de adquirir una ciudadanía extranjera)— para que los connacionales pudieran defenderse de forma más efectiva en su nuevo lugar de residencia, fuera de México, al adquirir una segunda nacionalidad.
En los razonamientos del dictamen para la reforma de 1997 se argüía que “la nacionalidad, [es] un hecho sin fronteras […] [un] sentimiento de pertenencia […] lealtad a instituciones, a símbolos, a tradiciones […] cultura […] una expresión espiritual que va más allá de los límites impuestos por las fronteras y las normas”. Es cierto que gracias a la gran riqueza que se posee por cultura, tradiciones e historia, México es una de las grandes potencias a nivel mundial en lo que respecta al poder suave de su diplomacia, por lo que no es de extrañar que el vínculo que mantienen los connacionales en el exterior con México sea uno fuerte a pesar de obtener una nueva nacionalidad.
El objeto de la otrora reforma constitucional era el mexicano recién migrado al extranjero y quien —después de algunos años— regresaría a territorio nacional, por lo que la reforma tendría dos objetivos: por un lado, permitir al connacional —cuando las circunstancias se lo permitieran— adquirir una nacionalidad extranjera para estar en igualdad de circunstancias con las demás personas del lugar en el extranjero donde reside, y por el otro, preservar la nacionalidad mexicana para facilitar su reinserción —tanto social, como económica y política— a su regreso a México.
Como suele suceder, el escenario mundial evoluciona y para la diáspora mexicana en Estados Unidos —que al día de hoy sigue siendo la principal— las circunstancias cambiarían radicalmente después de los ataques terroristas del 9/11. La circularidad migratoria se vería truncada por un mayor control migratorio y por la militarización de la frontera entre México y el vecino del norte. Los migrantes no sólo ya no buscan regresar a territorio nacional, sino que, en aras de buscar la reunificación familiar, patrocinan los viajes del resto de su familia a territorio estadounidense o, de plano, terminan formando nuevas familias en Estados Unidos.
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