En días pasados, Pedro Salmerón, ex director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, llamó “jóvenes valientes” a quienes, en un intento de secuestro, asesinaron al empresario Eugenio Garza Sada. El autor de este artículo reflexiona sobre estos hechos a partir del contexto histórico en el que ocurrieron.
El título de estas notas es un ejemplo típico de maniqueísmo y de una concepción binaria. En realidad, debo confesarlo, es una pequeña provocación para los lectores. La cabeza del artículo busca ridiculizar a quienes desde distintas computadoras y púlpitos se han colocado como los jueces infalibles de la verdad, polarizando y diciendo frases descontextualizadas.
¿Cuál es el origen de esta guerra verbal?
La utilización de una palabra; sí, de unas cuantas letras. Tratemos de armar el rompecabezas: en días pasados, Pedro Salmerón, ahora ex director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, en un artículo llamó “jóvenes valientes” a quienes, en un intento de secuestro, mataron al poderoso empresario Eugenio Garza Sada, el 17 de septiembre de 1973 en calles de Monterrey. Esos jóvenes militaban en una facción de la Liga Comunista 23 de Septiembre (en realidad, una expresión militarista del espartaquismo, según Gustavo Hirales, fundador de la Liga. Carta a Jorge Fernández Menéndez, director de Milenio Semanal, 4 de agosto de 2002).
¿Cuál era el contexto político en el país?
En esos tiempos del suceso en comento se vivía en un régimen autoritario con muy escasas libertades democráticas. No había opciones partidarias, más allá del PRI y su aplastante hegemonía nacional y un panismo regional sin atractivo para las juventudes, especialmente para las franjas de activistas que venían de experiencias y procesos represivos (de manera destacada el 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971); las elecciones eran un pretexto para ratificar el mandato del carro completo del partido tricolor; la izquierda estaba atomizada, era grupuscular, hostigada y reprimida por los sucesivos gobiernos priístas. De manera que, se argumentó, no existían las condiciones para la auténtica participación política, específicamente de miles de jóvenes, que ya de por sí sufrían en sus entornos familiares ambientes de control vertical y de reproducción de disciplinas intolerables.
En el ámbito internacional, especialmente latinoamericano, el ejemplo de la Revolución cubana y las emblemáticas figuras de Fidel Castro y el Che Guevara representaron símbolos estimulantes para quienes los veían como promotores de una nueva vía para enfrentar la pobreza y las inequidades sociales. Los jóvenes leían y observaban historias épicas y quijotescas aventuras. Seguir su ejemplo valía la pena. Así que dichas franjas de jóvenes zarparon a sus utopías.
Estos breves elementos no explican todo, pero sí son catapultas indiscutibles que pueden revelar el comportamiento de ese sector de jóvenes radicalizados. Para ellos no había otra alternativa para transformar el país que asumir formas de organización guerrillera o foquista. Y así lo hicieron: cientos de muchachos dejaron todo y se lanzaron a conformar grupos militaristas en distintos puntos del país. Realizaron múltiples acciones para acumular recursos económicos (secuestros y asaltos llamados “expropiaciones”); pero también, penosamente, se presentó un fenómeno que lastimó severamente la geografía de la izquierda: algunos de esos grupos decidieron “enfermarse”, esto es, atacar y “ajusticiar” a militantes de expresiones de izquierda que optaron por seguir actuando políticamente en los resquicios que permitía el régimen priísta.
¿Estos factores exógenos y múltiples justifican el comportamiento de cientos de jóvenes que, en nombre de sus ideas, realizaron acciones violentas de distinta índole? No, simplemente explica los detonantes que subsistieron en los entornos de esos tiempos.
Ante este nuevo escenario, el papel del Estado, como lo ha sido históricamente, utilizó todos sus instrumentos ideológicos, políticos y represivos para enfrentar a quienes habían “roto las reglas del juego”; para ello no escatimó nada. Se utilizó preferentemente al ejército para los focos guerrilleros rurales; además se le dio preeminencia a la Dirección Federal de Seguridad, la policía política que espiaba y hostigaba a todo el mundo y proveía información al aparato de inteligencia del gobierno. Sin embargo, ante esta situación excepcional, el gobierno creó un grupo integrado por elementos de las policías ministeriales, del viejo servicio secreto del Distrito Federal, y por algunos militares y marinos, cuyo nombre fue Brigada Blanca, la cual tenía licencia para matar y secuestrar a los militantes de las guerrillas. A ese proceso que duró los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo se le llamó “guerra sucia” y su saldo fue terrible. En estas notas no hay espacio para describirla en su brutal dimensión.
El nuevo contexto
Ahora, con muchos años de distancia, la obligación de un analista medianamente serio es describir los hechos. Esto no quiere decir avalar los métodos de los actores de la época. Se trata de recuperar los elementos de los sucesos y verlos con espejo retrovisor y con anteojos actuales.
¿Quién se podría imaginar que la residencia oficial de Los Pinos albergaría una ceremonia para entregar reconocimientos a los sobrevivientes del asalto al cuartel de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965?
¿Quién se podría imaginar que el Estado mexicano ofreciera una disculpa pública, a través de la titular de la Secretaría de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, a Martha Alicia Camacho Loaiza, una ex militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, que en la década de 1970 fue torturada junto con su hijo recién nacido, y su esposo, José Manuel Alapizco Lizárraga, asesinado por militares?
¿Quién se podría imaginar que en la elitista tribuna de la Cámara de Diputados hicieran uso de la palabra, sin ser legisladores, los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos, de la Normal de Ayotzinapa, Guerrero?
La respuesta a estas interrogantes es contundente: simplemente el país cambió, pues ahora existe otro bloque gobernante y una nueva correlación de fuerzas en el espectro partidario.
Epílogo
La moraleja está a la vista. Dejémonos de discusiones bizantinas y luchemos de manera decidida contra el abuso de poder. No importa quién lo ejerza. Seamos sensatos, coherentes, y sí, también con una dosis de valentía. Siempre es necesaria esta rica combinación.
* Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Nacional de Ciencias Penales y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel I.