A un par de meses de cumplirse el primer aniversario del fallecimiento de Francisco Toledo, uno de los más importantes artistas plásticos del México contemporáneo, el autor —también originario de Oaxaca— rememora las facetas de activista político, defensor de la cultura nativa y transgresor de espacios de privilegio para la clase intelectual y artística de México que caracterizaron al polémico pintor.
La erótica y la pedagógica (Dussel, 1977)
Toledo compartió espacio cultural en la misma revista en la que a Carlos Drummond de Andrade, poeta brasileño, le publicaron de manera póstuma sus versos. Qué contraste: Drummond en vida pronunciaba lírica pedagógica, pero con su muerte fueron encontrados epitafios rebosantes de poesía erótica. Así conocí en 1993 a Drummond de Andrade en la revista Vuelta. Llegué a juntar a ambos artistas en mi imaginación, muchas veces, para darle rienda suelta a las clases de Derecho que iniciaron en la Facultad de Derecho de la UNAM, como profesor adjunto, y terminaron durante mi estancia en sendas universidades de la región del Istmo de Tehuantepec, al volver a mi lugar de origen. La casta falocrática de Toledo se unía a la “cola graciosa” de Drummond. Volví a nacer cuando esa conjunción de expresiones artísticas motivaron “hacerle el amor a la enseñanza del Derecho”.
Aquello me llevó a construir por lo menos algunas consideraciones metodológicas en lenguaje toledano: 1) ¿Disfrutaba el oficio que se me había asignado? 2) ¿Minimizaba la incomodidad que se me presentaba maximizando el disfrute? 3) ¿Acrecentaba el placer conforme se iba presentando la oportunidad? 4) ¿Anulaba traumas o ruidos emocionales que pudieran interrumpir el goce? 5) ¿Obtenía placer de la finalidad merecida? Todas esas preguntas eran capaces de darle vigor erótico a la pregunta que le formuló el caporegime Tessio a Mike Corleone en la novela de Puzo (1983, p. 189) tras la ejecución de Sollozo y del Capitán McCluskey: “¿Les hiciste el amor?”
Más adelante, en al apartado “Hacerle el amor a la enseñanza del Derecho”, daremos respuesta a esas incógnitas planteadas respecto de mi acontecer como docente universitario. Por ahora es conveniente alterar el imaginario popular que mezclaba Toledo en su irracional contenido artístico. De hecho, nunca tuvo el prejuicio de causar conmoción entre sus espectadores locales. Toledo no conoció el pecado. Juchitán, si Toledo se remontaba a ese oasis de la libido cada cierto tiempo, era el lugar perfecto para sus justicieras perversiones lúdicas. En Juchitán la “división internacional del trabajo” no existe, pues la promiscuidad es su estado comunal más accesible. Discutir el amor para hacerlo no es opción. Los juchitecos se atienen a vivir la lujuria no en un universo contemplativo sino en una oscuridad terminológica que los fulmina si no se demuestran deseosos y ardientes (Mijangos, 2019a).
La fauna falocrática es una precondición para demonizar el placentero jardín del Edén donde la serpiente se atiene al cerebro reptiliano de Toledo que pincela conejos, tortugas, lagartos, ocres, pues la oscuridad terminológica es el bastión del Eros juchiteco. En Juchitán no existe la ecología pedagógica: confundir todo y a todos nos lleva a vivir copulando. En el zapoteco de la planicie costera no existe el tú o el yo. Somos el todo. En esa desatención hacia el “eres” se instituye el Eros de la “otredad”. Y es en esa lógica que Hans Kelsen no tiene cabida en la mentalidad juchiteca: su teoría pura del Derecho nunca se discutió como válida. Los pocos juchitecos que la pronunciaron han vivido en el fetiche de la “división internacional del trabajo”. Al no permitirse comer en el mismo lugar donde hacen sus necesidades fisiológicas, duermen y reciben a sus visitas (Vargas Llosa, 1977, p. 73), caen en la distorsión de su propia realización como personas. Descartan a Thánatos y Eros los hace vivir una supuesta realización personal. En estos últimos, sus juguetes sexuales son los expedientes en los que la fornicación sólo se da cuando la aguja capotera punza y zurce a la meritocracia segundona de abogados de tribunal (Merryman, 1971). El copiar y pegar y los clichés de fojas en peroratas baratas les han hecho creer que el positivismo legal sigue vigente.
Ciudadano universal
Nací en Oaxaca y vivo en Juchitán. Pero desde hace mucho tiempo creo en la ciudadanía universal, el destierro de la simbología presuntamente patria y la preservación de derechos de los pueblos originarios. Como muchos de los oaxaqueños que nos sentimos lacerados por la intervención del Estado mexicano en asuntos donde las capacidades de los locales se menosprecian, admiramos la lucha que Toledo dio mediante la tonalidad de admitir una versión universal, donde se denuncia a las fronteras como concentradoras de límites a la defensa patrimonial y donde el sistema político aprovecha el pretexto de aplicar licencias o impuestos para ceder en beneficio de particulares derechos que conceden vía libre para la explotación en perjuicio del medio ambiente.
El ciudadano procede del culto a la educación. Educar proviene de considerar decisiones que se adoptan según el respeto que las mayorías le conceden a las minorías. Parlamentos como el europeo han considerado a un legislador continental que construye, eso parece, a un ciudadano que aprecie la magnitud de su cultura, su moneda de cambio, sus transferencias interregionales de migrantes continentales y extracontinentales; el caso de naciones con la intervención de más de un continente y la movilidad migratoria desde creencias locales. Toledo cuestionó a este país por la juridización que convertía el patrimonio cultural y natural en una moneda de cambio para el mercado internacional, actividad cobijada por las divisas que no hacían creíble su distribución en cualquier mexicano guarecido en sarapes que le recordaban su origen comunal.
Para Toledo era conveniente desapropiar, renunciar a la propiedad privada, para llevar sus talleres a espacios de participación general. Ahí donde nunca hubo la intervención bien intencionada del Estado mexicano, Toledo inauguraba un espacio de expresión cultural para que los interesados en mantener su creatividad como un medio de desarrollo personal alimentaran su curiosidad sin la definición que le puede exigir una tramitología donde la burocracia asentara sus reales. Su legado se encuentra a disposición de cualquiera, así como su sedentarismo fincado en Oaxaca. Medios de comunicación subversivos, que en su momento se pelearon por el papel subsidiado de regímenes tiranos en el México reciente, agradecen a Toledo su dotación de talento creativo destinado a no abandonarlos en su faceta de proyectos en transición.
Tener a un Toledo en Oaxaca nos generó la certeza de que muchas realizaciones en materia legal, como la instalación de una legislatura, la supresión de una carga contributiva o los bienes de un municipio, eran letra muerta para los locales, y sus abogados sólo abonaban a la prevaricación, a la explotación y al aprovechamiento ilegítimo de bienes comunes. Como nunca antes el Derecho sólo ha servido de proyección ocupacional que refiere utilidades en quien puede pagarlas y no se encuentra al servicio de grupos minoritarios, mismos que, al no comprender lo tasado por los aranceles profesionales, quedan en estado de indefensión permanente.
La enseñanza del Derecho se vuelve así una provocación para quien la ejerce y un desafío para quien la aprende. Oaxaca, con toda la actualización y la proliferación de universidades, no logra hacer creer que sus instituciones nacionales sean serias. Ya no se hable de las instituciones oaxaqueñas, limitadas como están de reminiscencias republicanas, transgresiones a la ley, burocracia mediocre, interpretaciones del Derecho escrito al pie de la letra, fiscalías torpes para la investigación de delitos, juzgados sobrevalorados y una retahíla de pruebas ilegales, detenciones arbitrarias y uso de la defensa técnica legal a la manera de un despacho esclerótico. Se nos cae la cara de vergüenza en el tratamiento que se le otorga a la delincuencia menor, involucradas como están las fuerzas policiales que terminan contaminando su intervención como “primer respondiente”.
Propiedad Intelectual
Toledo vivió de último momento la injusticia que una “denominación de origen”, en el caso del mezcal, ponía en riesgo a esta actividad artesanal de alto potencial oaxaqueño. De esta manera, regiones de nuestro país sin tradición en la producción del mezcal se beneficiaban de una denominación de origen promovida en muchos casos desde instancias que deberían preservar la cultura primigenia de los pueblos. Es el caso de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), ahora Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI). En ese mismo organismo, el fetiche de asignarle expresiones carentes de contexto ante el emprendedurismo indígena, que en muchos casos dio visos de exportación de la cocina mexicana, hizo aparecer una alerta nada halagüeña para el indigenismo en México.
De este modo, a Toledo se le conocieron las facetas de activista político, defensor de la cultura nativa y transgresor de espacios de privilegio para la clase intelectual y artística de México. Nuestro país caminó junto con Toledo, de la mano de la simpatía por la distribución de la riqueza, el gasto público austero, la ideologización de espacios públicos para la diversidad artística. Toledo fue promotor de mecenas que invertían en obras monumentales y altruismo consecuente en diversos lugares del México contemporáneo. Comulgaba con un país que desterrara la estupidez mesiánica de los regímenes tiránicos que conoció y con quienes se rozó en algunos momentos emblemáticos de su vida.
De nueva cuenta, para docentes universitarios como yo, enseñar el Derecho empezaba por colocar la primera piedra del cambio social. Democratizar los espacios de expresión, llevar a los estudiantes a medios masivos de opinión para que ofrecieran su punto de vista sobre el ámbito local, para sentirnos dueños de nuestra expresión, que necesitaba palabras frescas, actualizaciones en el cometido de nuestra profesión a partir de promotores claves para la ciencia del Derecho: el trato diferenciado legítimo hacia la mujer, la posibilidad de aplicar leyes de manera retroactiva, cortes hemisféricas. Universitarios ikoots me preguntaban qué hacer ante la marginación de expresarse en asambleas indígenas donde los jóvenes son invisibilizados.
Muchos docentes pensamos que enseñar Derecho conllevaba una magistral exposición donde todo se resolvía a partir de lo que habíamos pasado como tamiz universitario. Nunca comprendimos que al salir de la universidad se asomaba una resolución complicada en cada detalle de este México provincial. Toledo de nueva cuenta nos dio la clave. Para él, vivir y saber vivir era la eficiencia y la eficacia. Hacer lo que dice el manual es para la eficiencia lo que en el lenguaje toledano significa conflictuarse para resolver diseñando nuevos recursos y hacer lo correcto es para la enseñanza toledana una visión de bondad con la vida: dignificar cada tramo que la vida nos otorga. Por eso él siempre vivió con lo útil y lo inútil (Ordine, 2013) de su tiempo libre, con lo que el universo le proveyó.
Pudo estar, incluso, muy de acuerdo con la idea de que el conocimiento era universal, rompiendo la regla de la propiedad intelectual que tasa lo relevante con un nicho de mercado que pervierte al creador cuando lo involucra con el consumismo. Toledo creaba y daba con generosidad. Mucha obra, aunque tiene su firma, forma parte de la colección de un sindicato o de una cooperativa. Dibujaba en cualquier lugar. Asumía que nada era suyo y que un lugar de trabajo específico, definido, implicaba malograrse en la “división internacional de trabajo”. Por eso él deseaba volver a su Juchitán, donde la promiscuidad del vivir da lo suficiente para gozar.
Defensa del patrimonio natural
Como nunca antes vimos a un Francisco Toledo molestarse con la administración de Gabino Cué, pues consideraba una burla que el Centro Cultural y de Convenciones de Oaxaca formara parte de un proyecto que a la postre atentaba contra el Cerro del Fortín (Mijangos, 2015). Oaxaca y los oaxaqueños nos admiramos del enorme valor de una pelea que en solitario Toledo consideró mantener aun a costa del régimen que gobernaba, lo que al final de cuentas dio como resultado el revire de una idea burocrática en la que ni las instancias federales de verificación rindieron el estudio de impacto ambiental.
Toledo penetra así en el análisis de una coyuntura legal que se pervierte por los mismos gobernantes. Esa condición dio pie a profesores de Derecho como yo para revisar el cúmulo de impugnaciones que se tendrían que enlistar en las materias donde la simulación podría ser una posibilidad. Otra vez el análisis y no la dialéctica hacía de la enseñanza del Derecho una redentora de la parálisis discursiva, que tuvo que revisar la intervención de desarrollos consultivos donde se presumía veracidad de los pueblos istmeños y sus bienes comunales cuando en realidad las intervenciones financieras nunca fueron consultadas tras la inversión extranjera directa en esas zonas de recursos cuya explotación no les regresaba a los originales pobladores las utilidades devengadas (Mijangos, 2019b).
Resistencia educativa
En 2006 el régimen de Ulises Ruiz Ortiz puso a la ciudad de Oaxaca en grave crisis social al reprimir demandas legítimas que se consideraban un punto de quiebre para las negociaciones en materia de educación. La Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca hizo de la capital del estado su bastión argumentativo y legal. Aunque Toledo no apareció como protagonista principal, se recordaba a su Juchitán combativo en plena guerra sucia. Esa resistencia cuesta presagiarla sin la tonalidad de un Toledo que surcó papalotes en el cielo tras la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. No necesitamos de un Paulo Freire cuando tuvimos a un personaje universal como Francisco Toledo. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación pesó en el amotinamiento que tomó el zócalo como blanco principal, en el marco de la lucha simbólica por no temerle a un gobierno que se imponía por la fuerza.
El núcleo de profesores pudo transitar, de esa manera, con Toledo como memoria histórica y cultural, de la represión por sistema a la represión para satanizar a un movimiento que penetraba mediante conquistas donde el método discursivo involucró al pueblo. De ahí en adelante, en 2016 Nochixtlán dispuso de un andamiaje provocador donde inusitadamente dispersó la acometida institucional, represión institucional con la que Toledo nunca estuvo de acuerdo.
Hacerle el amor a la enseñanza del Derecho
Es así como respondo a las interrogantes que me ha dejado expiar en la erótica toledana mi breve condición de docente universitario: 1) Facilité que otros se beneficiaran de áreas de oportunidad desde la tarea que realizaba. 2) Incrementé mi propia confianza. 3) Compartí tareas resolutivas. 4) Admití errores y rectifiqué en consecuencia. Por último, 5) agradecí al orden social, a la humanidad, lo que obtuve en satisfacción al realizar la tarea profesional.
* Licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la UNAM.
Bibliografía: