El presidente de la República y el secretario de Salud han sido rebasados por la contingencia sanitaria que representa el coronavirus, y por parte de la administración pública federal no hay quien dé la cara. ¿Para qué existe, entonces, un Consejo de Salubridad General? El autor reflexiona, enérgico, sobre este tema de capital importancia en estos momentos.
El Consejo de Salubridad General es una criatura del Constituyente de 1917; su existencia se previó en un agregado que se hizo a la fracción XVI del artículo 73 de la Carta Magna; ahí sigue. Frente a la influenza española que asoló a los mexicanos en 1918, por no estar organizado, no actuó.
A pesar de tener una existencia de 103 años sigue siendo eso: una criatura; no ha crecido y mucho menos ha asumido las responsabilidades que le dieron razón de ser; esto es cierto a pesar de que, a lo largo de casi un siglo, ha habido necesidad de que adquiriera la mayoría de edad, actuara y asumiera su responsabilidad.
La peste, como se le decía antes a las epidemias, fue lo que dio origen a la creación del Consejo de Salubridad General. Tucídides, Hipócrates, Boccaccio y Maquiavelo, entre otros, nos hablan de sus características, de las muertes que provocó y de los temores que infundía en los seres humanos. Mucho se dejó de hacer por causa de ella. No pocos pagaron con su vida la imprevisión de los gobernantes, en especial por la carencia de los servicios de salud.
Tucídides y Boccaccio refieren que en los tiempos de la peste se olvidaron la piedad y el amor filial. Cuentan que, con descuido de ambos, los cuerpos de los que morían eran dejados en las calles y, en el mejor de los casos, incinerados en forma colectiva. Comentan que no se hacían las ceremonias que la religión o la costumbre prescribían.
De nueva cuenta resurgen los temores; según nos refieren los medios, en los países en los cuales la epidemia de Covid-19 ha hecho de las suyas, los que han sobrevivido han omitido hacer a los caídos las honras, los ritos o las ceremonias que la costumbre y la piedad prescriben. Buena razón para no hacerlo son las cuarentenas decretadas por algunos gobiernos de Asia y Europa o el temor al contagio.
De nuevo estamos ante una situación extrema. Del Consejo de Salubridad General, ni sus luces. No ha dado muestras de vida. Si bien, por mandamiento constitucional, depende directamente del presidente de la República, es el secretario de Salud quien lo preside (artículo 15 de la Ley General de Salud) y quien posee la atribución para convocarlo (artículo 25 del Reglamento interior del Consejo de Salubridad General). Y a la fecha no ha actuado en cumplimiento del mandamiento constitucional, ni acorde con las graves circunstancias.
Las disposiciones relativas al Consejo de Salubridad General, tanto las que aparecen en la Ley General de Salud, como en su reglamento interior, lo organizan como un órgano burocrático más, con vista a dar ocupación a amigos o recomendados. No hacen operantes las atribuciones que por mandamiento constitucional le corresponden.
El presidente de la República, el secretario de Salud y los miembros del Consejo de Salubridad General han ignorado los textos constitucionales:
“El Consejo de Salubridad General dependerá directamente del presidente de la República, sin intervención de ninguna secretaría de Estado, y sus disposiciones generales serán obligatorias en el país".
“En caso de epidemias de carácter grave o peligro de invasión de enfermedades exóticas en el país, la Secretaría de Salud tendrá la obligación de dictar inmediatamente las medidas preventivas indispensables, a reserva de ser después sancionadas por el presidente de la República”.
No se han emitido las disposiciones generales que requiere la emergencia; tampoco se han dictado las medidas preventivas indispensables para impedir la entrada de quienes están infectados y las que son necesarias para impedir el desarrollo de la epidemia.
El presidente de la República y el secretario de Salud han sido rebasados. Están anonadados. De la administración pública federal no hay quien dé la cara y haga frente a la contingencia.
El grito general es: actúen, dicten las medidas necesarias, hagan algo; que el Consejo de Salubridad General dé muestras de vida.
Si el presidente de la República, el secretario de Salud y los miembros integrantes del consejo no pueden, ¡renuncien, ya!