Los vínculos entre la diplomacia y la academia generan entre quienes los trabajan la rara virtud de cultivar permanentemente el conocimiento universal.
Enrique Loaeza Tovar se entregó de manera vitalicia a la UNAM desde que estudió en ella, pero sobre todo desde que, a principios de la década de los setenta, impartió la clase de Derecho internacional público en la Facultad de Derecho.
Nació en la Ciudad de México el 10 de mayo de 1944. Lector asiduo de Jorge Luis Borges, Enrique Loaeza comprendió que la diplomacia potencia mundos y, generosamente, facilita relaciones entre naciones; tarea a la que él siempre se dedicó a promover como servidor público.
En Estados Unidos se desempeñó como cónsul general de México en San Francisco (1989-1990), en San Diego (1990-1993) y en Los Ángeles (1993-1995). Posteriormente se convirtió en titular de la embajada de México en Suiza (1998-2001), embajador de México en República Dominicana (2001) y embajador de México en Venezuela, entre diciembre de 2001 y noviembre de 2005; entregándole las cartas credenciales al mandatario Hugo Chávez Frías, realizó mucha labor ante el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y políticas para Latinoamérica. Sus conocimientos como académico le valieron mucho para que, junto con la diplomacia mexicana, realizara una estupenda labor.
Las misiones diplomáticas fueron los únicos periodos temporales en los que no pudo impartir clases en la Facultad de Derecho de la UNAM; sin embargo, fuera de esos compromisos, se entregó a las aulas durante 50 años, impartiendo clases de Derecho internacional público, Derecho de los tratados, organismos internacionales y relaciones económicas internacionales. Tuve el privilegio de que me sustituyera al frente de mi clase de organismos internacionales en el segundo semestre de 2015.
Su interminable bagaje cultural y su gusto por compartirlo con sus alumnos, lo convertía en un profesor excepcional. Por ejemplo, al morir el cantante francés Charles Aznavour, en octubre de 2018, Enrique llevó a su salón de clases dos o tres canciones para que sus alumnos lo conocieran. Entre las melodías se encontraba una de sus piezas favoritas: Venecia sin ti.
En octubre del año pasado, Raúl Contreras Bustamante, director de la Facultad de Derecho UNAM, y el claustro de doctores de la Facultad de Derecho de la UNAM, le brindaron un merecido homenaje a Enrique Loaeza, decisión acertada y gratificante porque se le hizo en vida.
Asimilado a la cultura contemporánea, disfrutaba de la serie de televisión de Netflix Mindhunter, sin dejar a un lado sus películas favoritas del siglo pasado, como Quai des Orfèvres, ni su amplia biblioteca conformada por más de 15,000 libros, que incluía uno de sus preferidos: Los miserables de Victor Hugo.
Antes de ingresar a la diplomacia, se desempañó como director de Aeroméxico (1980), director de Mexicana de Aviación (1982) y asesor del secretario de Comunicaciones y Transportes (1983); fue director general de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (1976) y asesor del director general de la Comisión Federal de Electricidad (1973). Durante el presente sexenio regresó a la SCT como asesor del secretario Javier Jiménez Espriú y se desempeñaba como director general Ejecutivo en Proyectos Estratégicos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.
Falleció el pasado 14 de marzo en la Ciudad de México y será recordado como un académico a quien le gustaba abrevar de estudiantes, diplomáticos y periodistas.
A Enrique Loaeza Tovar le sobreviven su esposa Esther Lina Godínez; sus hijos Antonio y Leticia Loaeza Breckwell, y cinco nietos: Fernanda Sofía, Nicole, Valentina, Sebastián y Mateo.
Recientemente, su hermana Guadalupe reveló uno de sus poemas favoritos de Borges: “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, hay un espejo que me ha visto por última vez, hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. Entre mis libros de biblioteca hay alguno que ya nunca abriré”.