El 23 de octubre pasado se llevó al cabo la ceremonia de investidura del doctorado honoris causa que el Instituto Nacional de Ciencias Penales confirió al reconocido penalista Jesús Zamora Pierce. Reproducimos la laudatio que en esa oportunidad pronunció Alberto Nava Garcés, académico especialista en Derecho penal y miembro del Consejo Editorial de esta revista.
Jesús Zamora Pierce:
Asistimos aquí para presenciar su investidura como doctor honoris causa, título que le otorga el Instituto Nacional de Ciencias Penales, un organismo joven que desde hace más de 45 años agrupa a lo más granado de las ciencias penales y en cuyas aulas todavía queda el rumor, el eco, de los grandes maestros que han hablado en sus auditorios y en sus aulas. Dice Newton: “Vamos sobre hombros de gigantes”, y hoy, a usted no sólo se le reconoce sino que se le inscribe como un ejemplo de lo que debe ser un penalista.
En particular, me siento muy honrado al participar de este acto único. Mi labor no es otra sino responder las preguntas que se puede hacer el homenajeado: ¿por qué a mí?, ¿por qué aquí?, ¿y por qué hoy? En la hora nona de nuestras vidas, cuando “aún hay sol en las bardas”, resulta de especial relevancia saber que lo hecho ha tenido algún impacto en la vida de otros, lo que hace que el espíritu trascienda. Hoy me toca referir por qué a usted, por qué el INACIPE y por qué en este día luminoso.
Jesús Zamora Pierce tiene frente a sí mismo un gran pasado
Pocas veces el trabajo de un abogado postulante es reconocido en los ámbitos académicos, pero es justo porque su trabajo ha rebasado las paredes de los antiguos juzgados, las escaleras de mármol de los altos tribunales y, por supuesto, los pizarrones donde su nombre es repetido para referir delitos en particular, patrimoniales por antonomasia, o casos que se han quedado en la memoria colectiva. Su voz, ya sea en la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, o en la antigua Academia Mexicana de Ciencias Penales, es un referente de rigor al hablar de Derecho penal.
Además, sirva esta mañana para recordar y celebrar su vida profesional. Usted podrá echar la memoria atrás y recordar las charcas de infancia, lo ajustado que podía ser vivir en aquel entonces, la llegada inédita de uno de los suyos hasta la universidad y cómo paulatinamente se fueron abriendo las puertas no sólo para encontrarse con su destino en el despacho de don Víctor Velásquez, sino hasta su viaje, para dorar más su trayectoria académica en la Sorbona de París, ciudad luz en muchos aspectos más que arquitectónicos. La ciudad en la que Victor Hugo repitió: “No soy, señores, de los que creen que se puede acabar con la pobreza, ésta ocurre por mandato divino, pero soy de los que creen que se puede terminar con la miseria”. El quartier latin debió ser su hogar durante algún tiempo. Lo mismo podía pasar junto a él Cortázar que el fantasma de Joseph Roth.
Subiendo los peldaños de dos en dos, la Victoria de Samotracia regresaba a un Museo del Louvre vibrante después de los años de la posguerra, y Charles de Gaulle vivía para seguir alimentando su leyenda.
A unos cuantos pasos de la universidad estaba el Pantheon, donde pudo conocer la última morada de pensadores como Voltaire, Rousseau y Dumas. Por el Campo Marte pudo llegar a los inválidos y apreciar la tumba monumental de Napoleón y la estatua en la que descansan su Código Civil y su Código Penal. Imposible no refinar gustos, pulir sus conocimientos y adentrase en la filosofía de aquel lugar donde se conversa con los hombres de todos los siglos. Y una vez que regresó a México no sólo tenía definida su vocación, sino una brillante carrera por ejercer.
Dos tarjetas definieron su destino
Era estudiante de la carrera de Derecho, pero llegó el momento de trabajar en algo más cercano a la profesión que había elegido. Junto con un amigo pidió consejo entonces al licenciado Fernando Narváez Angulo, porque querían trabajar en algún despacho. El otrora secretario de estudio y cuenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sacó dos tarjetas: una, la de un abogado fiscalista, y otra, la del despacho de don Víctor Velásquez, eminente penalista cuya fama había alcanzado las primeras planas de los periódicos muchas veces; por ejemplo, por haber librado, en sendas causas, a más de 80 acusados de la pena de muerte.
El doctor Zamora Pierce recuerda: “Tomó las dos tarjetas, se volteó a verme y me dijo: ‘¿Tú con quién quieres trabajar, con el fiscalista o con el penalista?’ Y yo le dije la verdad: ‘Mire, la verdad yo no sé qué es lo que hace un abogado fiscalista y tampoco sé que es lo que hace un abogado penalista’. ‘Bueno, ve con el penalista.’ Y me extendió la tarjeta.
”Con esa tarjeta fui a visitar a don Víctor Velásquez. Con mayor o menor trabajo logré convencerlo de que me contratara como pasante; entonces, eso te da la respuesta de mi vocación. Mi vocación me la dio el destino. Es decir, yo no pensaba ser penalista, yo entré a trabajar con un penalista.
”Don Víctor Velásquez, en aquel momento, 1957, era, si no el mejor, uno de los dos mejores abogados penalistas de México. Me le pegué porque no tenía yo otra cosa; como ya expliqué, venía yo de una familia muy modesta. Me le pegué a él, era un hombre muy culto, era un hombre que había vivido en Francia y en Estados Unidos, y en consecuencia hablaba perfectamente francés e inglés. Entonces lo tomé como modelo, lo tomé como padre intelectual”.
Y esa paternidad intelectual dio sus frutos. ¿Por qué se le reconoce hoy al doctor Zamora? Entre otras cosas, porque en su currículo consta, entre otras múltiples cosas imposibles de referir en tan corto espacio, que es licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la UNAM (1961); doctor en Derecho por la Facultad de Derecho de la Sorbona de París; miembro de la Comisión Redactora de los Códigos Tipo Penal y de Procedimientos Penales del Instituto Nacional de Ciencias Penales, hoy códigos vigentes en Baja California Norte, Hidalgo y Querétaro. Que ha dictado más de 600 conferencias sobre temas jurídicos, en español, en inglés y en francés, en centros de altos estudios de México, Alemania, España, Estados Unidos y Francia, entre otros países de este continente; que es miembro de número del Instituto Mexicano de Derecho Procesal, de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, del Instituto Iberoamericano de Derecho Procesal y del Instituto Panamericano de Derecho Procesal, entre otros; que fue presidente de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (1995-1996), y presidente de la Academia Mexicana de Ciencias Penales (desde 1997 hasta 2005), entre muchas otras cosas más.
Sus libros
Es autor de más de 90 estudios jurídicos publicados, entre ellos, los libros Derecho procesal mercantil, Garantías y proceso penal, El fraude, Delitos patrimoniales, Transferencia ilícita de recursos depositados en bancos, Ciudadano cero y Mi última defensa.
Destaca su libro clásico El fraude, que muy pronto encontró lugar en los libreros de abogados litigantes y jueces.
Su actividad profesional
El doctor Zamora Pierce ha tenido bajo su responsabilidad, diversas defensas de suyo interesantes, complejas, notables. Ha salido airoso en la mayoría de ellas y es uno de los acentos en su trayectoria por lo que hoy es reconocido. Algunos de nosotros, sólo algunos cuantos, recordamos lo que pasó aquella mañana de 1975.
Los medios impresos de entonces refieren que aquel lunes 20 de octubre, día nublado, a las 9:40 de la mañana, el primer vagón del tren número 10 se estrelló contra el último vagón del tren número 8, provocando que ambos carros se elevaran, rompieran el techo del andén y quedaran “mirando hacia el cielo” con una estela de por lo menos 31 muertos, unos 70 heridos de gravedad, otro centenar de heridos leves y la vida trastocada para cientos de personas.
Gracias a la intervención del propio doctor Zamora Pierce no sólo se tuvo conocimiento de una defensa ejemplar, sino que trastocó la forma de operar el Metro para incluir con prontitud nuevos mecanismos que impidieran un nuevo alcance entre trenes.
Su aparición constante en medios de comunicación le dieron una reputación que hasta nuestros días ha llegado intacta.
Un homicidio que cambió la historia
“La tarde del 14 de mayo de 1610, Enrique IV, rey de Francia, se dirigía en su carroza del Louvre al Arsenal, para visitar a Sully. Los comercios que invaden la vía fuerzan al vehículo del rey a detenerse en la Rue de la Ferronnerie. Había olvidado sus lentes y se concentraba en escuchar al duque de Epernon, quien le leía una carta. El asesino, el pelirrojo, François Ravaillac, apoya los pies sobre los ejes de la rueda trasera derecha, se levanta hasta el nivel del rey y le hunde dos veces un largo cuchillo, privándolo de la vida.
”Francia se desgarró, durante años, entre dos hipótesis encontradas: Ravaillac era un asesino solitario, como él afirmaba, o el crimen era el resultado de un complot.
”Ravaillac tenía 32 años”.
Así comienza el libro que Jesús Zamora Pierce escribió sobre el caso Colosio: Ciudadano cero. Al doctor Zamora Pierce le otorgaron su confianza los distintos fiscales especiales para asesorarlos en ese tema que a todos, en México, nos ha mantenido en vilo desde entonces. De primera mano cuenta en su libro sus consideraciones y sus conclusiones, basadas en lo objetivo y, fiel a su estilo, con el rigor que requiere una investigación de ese tamaño. El propio Zamora Pierce revela:
“La voz grave en el teléfono era la de un hombre maduro. Su vocabulario y la forma de hablar apuntaban a una persona culta y acostumbrada a mandar. ‘Me lo han recomendado mucho —me dijo—. Quiero pedirle que sea mi asesor. No tengo todavía oficinas definitivas, pero, por el momento, estoy trabajando aquí.’ Me dio una dirección en la Avenida Juárez. Convenimos en una cita para ese mismo día. No mencionó para qué asunto solicitaba mi auxilio. No hacía falta, me habían dado su nombre: Miguel Montes. Todo México sabía que el presidente Carlos Salinas de Gortari acababa de designarlo subprocurador especial para investigar el homicidio de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Montes me ofrecía un asiento de primera fila para observar la historia de México”.
Resistente al ofrecimiento de los cargos públicos, desde su ámbito de profesional libre, desempeñó la tarea encomendada.
Crítico del nuevo sistema de justicia penal
Con las cartas credenciales de ser uno de los titanes del viejo sistema penal, Zamora Pierce no dudó en esgrimir francas y duras críticas sobre el sistema penal que estaba cundiendo en América Latina. Las gotas de veneno a que hacía referencia García Ramírez eran explicadas en libros en los que describía su oposición a adoptar un sistema que, mal entendido, pudiera ser un desacierto. No le hacía gracia alguna que aquellos que no habían litigado en el sistema anterior y, por supuesto, no lo habían hecho en el que se pretendía adoptar, quisieran enseñar la manera hasta de interrogar a un testigo. Pero su crítica se centró, alguna vez, en la adopción de un plea bargaining al que no hemos podido arribar de manera entera.
Al referirse al procedimiento abreviado, nuestro homenajeado apuntó:
“Es por esta vía por donde la reforma pretende encaminar hasta 95 por ciento de los casos, que no llegarán a juicio oral. El proceso abreviado constituirá la regla de la cual el juicio oral será una mera excepción, una utopía sin aplicación práctica. De donde resulta que reviste mucho más interés el estudio del proceso abreviado que el conocimiento del juicio oral y quizá sería más preciso denominar a la reforma ‘el procedimiento abreviado’. El análisis crítico del procedimiento abreviado nos permitirá concluir el éxito o el fracaso de la reforma constitucional”.
No pocas veces insistió en que se analizara con cuidado cada una de las instituciones que se regulaban. Hoy, la ampliación sin sentido de la prisión preventiva oficiosa y la ampliación de tipos penales de manera caótica, pudieran ser parte de lo que ya nos advertía el doctor Zamora Pierce respecto de los peligros que importaba el nuevo sistema que, con nostalgia del anterior, se puede convertir en una verdadera pesadilla de nuestros tiempos.
Su última defensa
El doctor Zamora Pierce dice que se ha retirado del mundo del litigio y de eso da testimonio en un libro que intituló Mi ultima defensa, tres palabras que de sólo leerlas hielan la sangre. ¿Qué implica la última defensa? ¿El retiro? De ninguna manera, sólo se trata de una pausa para dar continuidad a los textos pendientes que está por escribir.
Dice nuestro homenajeado:
“El drama toca a las puertas del abogado penalista todos los días. Homicidio, fraude, cohecho, lesiones, amenazas, abuso de confianza, lavado de dinero, despojo… Todos esos y más son delitos de los que he tenido que ocuparme a lo largo de mi ejercicio profesional. Y mis clientes, los hombres y las mujeres que requieren mis servicios porque han sido acusados de cometer un delito, o bien porque han sido víctimas de uno, viven situaciones límite, que hacen surgir la esencia más profunda y auténtica de su personalidad. Ante mí han desfilado lo más sublime y lo más abyecto del ser humano. El penalista los sirve a todos con sus conocimientos y, como el Cirineo, ayuda a cargar la cruz”.
En esa última defensa, las posibilidades se fueron cerrando, las instancias se acababan, la acusación de homicidio permanecía firme, la sentencia de 50 años de prisión que pesaba sobre aquella mujer parecía inamovible. Y la intervención del doctor, con el tiempo justo para revertir la sentencia, lo hicieron recapitular que nunca había tenido que combatir una sentencia con tantos años de prisión.
Con este caso cerraría 60 años de vida en el mundo penal, cinco como pasante y 55 como abogado.
Los vientos le fueron favorables. Consiguió lo que esperaban todos los que depositaron su confianza en él en un momento tan delicado: la libertad de su cliente. Y fue entonces cuando todo premio que le ha sido negado, cuando todo evento al que no ha asistido cobra otro valor. La libertad conseguida es el máximo orgullo que corona la frente del defensor.
Colofón
Admirado doctor, en la Facultad de Derecho de la UNAM, de donde provenimos, existía en su Biblioteca Antonio Caso un busto de aquel filósofo que estaba orlado por la frase que hoy me permito parafrasear: “Éste es vuestro héroe, seguid su ejemplo”.