¿De veras querrá ser recordado López Obrador como un buen presidente?

Editorial Ángel M. Junquera Sepúlveda Monday, 30 March 2020

 

¿Cómo se recordará a Andrés Manuel López Obrador dentro de 10 ó 50 años en la historia de México? El día que se dio a conocer su triunfo electoral, declaró que quería pasar a la historia como un buen presidente. Su afirmación pareció honesta. Así lo destacamos en este espacio, expresando la confianza que esto daba a los mexicanos.

Como si el destino hubiera escuchado sus buenos propósitos y quisiera ofrecerle una oportunidad para hacerlos realidad, México enfrenta hoy una prueba de dimensiones colosales. Más allá de lo que ocurra con el coronavirus (los escenarios son muchos y la visión catastrófica de la OMS se contrapone a la de algunos científicos más optimistas), la recesión económica posterior será inevitable. Con el petróleo y el peso a la baja, y con un desempleo galopante, no será para menos.

Del presidente no depende la mutación de las cepas del virus, por supuesto. Pero hay decisiones que sí dependen de él. Impulsar el Consejo de Salubridad General y darle toda su autoridad, por ejemplo. Las disposiciones que adopta cada entidad federativa, las contradicciones entre un servidor público y otro, la falta de una comunicación clara, sólo denotan ausencia de liderazgo…

También resulta apremiante la recomposición de su gabinete. Luis XIV de Francia insistía en que el mejor modo de conocer la excelencia de un príncipe consistía en ver de quiénes se rodeaba. En el caso del presidente, muchas personas que integran su gabinete han cumplido su misión. Es hora de cerrar el ciclo.

Quien tiene que marcharse, antes que nadie, es el secretario de Salud. Si Jorge Alcocer ya había enviado un mensaje desolador cuando, ante la Cámara de Senadores, admitió que no conocía las cifras de los ahorros en el sector salud y suplicó que no se las pidieran porque eso no era lo suyo, ha quedado claro que tampoco es lo suyo cuidar la salud de los mexicanos. Se ha mantenido al margen cuando debiera estar en la primera línea. La imagen de ineptitud que transmite es dolorosa.

“Es que el presidente no da libertad a su equipo”, dicen algunos: “Legisladores, ministros y funcionarios le tienen pavor”. López Obrador también tendrá que rectificar en este aspecto si pretende pasar a la historia como un buen mandatario. Teodoro Roosevelt decía y repetía que su trabajo como presidente consistía en elegir a las personas más competentes para desarrollar un trabajo. Una vez hecha la elección, las dejaba actuar sin entrometerse.

Más allá del libro de texto gratuito, donde sólo hay buenos y malos, la historia enseña que los grandes líderes políticos lo fueron, en gran medida, porque supieron rodearse de hombres y mujeres competentes... y les dejaron hacer. En política sólo cuentan los resultados y no las buenas intenciones.

Por otra parte, López Obrador no puede estar condenando, un día sí y otro también, a “los conservadores”. Debe entender que es presidente de todos los mexicanos. Si necesita a un enemigo, ya tiene dos: hoy, el coronavirus; mañana, la recesión económica. Para distribuir bien un pastel, hay que hornear uno grande.

El presidente debe, por tanto, mostrar la visión de un estadista y convocar a un ejercicio de conciliación nacional. No sólo con declaraciones grandilocuentes sino con muestras de buena fe. Cancelar proyectos como Constellation Brands fue una pésima idea: envió un mensaje de desconfianza atroz. Los mexicanos estamos ávidos de un líder que nos una y no de uno que se le pase sembrando discordias.

Vamos a necesitar inversión del interior y del exterior. Esto exigirá un líder que transmita confianza y no uno empeñado en realizar sus sueños de adolescencia, como la inviable refinería de Dos Bocas. La Agencia Internacional de Energía ha dicho que la gasolina habrá dejado de utilizarse en escasos 15 años...

La Historia, otra vez la Historia, demuestra que las crisis bien aprovechadas devienen en ventajas para individuos y naciones. No hay grandes líderes sin crisis, decían los antiguos romanos. En 10 ó 50 años, podrá recordarse a Andrés Manuel López Obrador como un político fallido que, en su afán de restaurar el estado de bienestar de los 70’s, hizo más pobres a los pobres o como un estadista que, superando sus miedos y enconos, supo guiar a México hasta la cresta de las olas que amenazaban ahogarnos. Si al presidente de la República de veras le interesa la historia, tendrá que dar un golpe de timón.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda